Tuve una vez un tiempo entre mis
manos que fue deshojándose, pétalo a
pétalo, segundo a segundo, incontable andar de voces sin sentido. Vi todo lo
mundano pasar ante mí, rocé el límite entre la perdición y la divinidad de la
conciencia. Pero fue la obscuridad la que llego, me fundí en ella, la viví
intensamente, deje que penetrara por mis poros con ese dulce sabor que contiene
el placer. Protegida por la estupidez fue moviéndose y deteriorando mi alma.
Encontré pretextos perfectos para continuar. No había errores en mi actuar, yo,
perfecta, conocedora de mi lugar y tiempo, segura de hacer lo correcto. Mi
piel, mis labios, mi ser entero gritaban de dolor. Desdicha que atormento mi
alma, mi luz se fue apagando y el brillo en mis ojos se perdió entre humos.
Tuve una vez un tiempo entre mis
manos en donde me convertí en nada, que me lleno los huesos de salitre, que me
quemo el corazón con palabras dolientes, que padecí en silencio y me bebí a
sorbos, un tiempo en que conocí lo pero de mi. Fui quien no quería ser y lleve puesta la mascara
de la avaricia. Deje de lado todo lo que me sostenía y permití vivirme en agonía
constante.
Pero llego el tiempo en que mi
alma se mostro fortalecida. Y aun así en la obscuridad, mi alma inquebrantable
camino. Arranco las raíces que me retenían, que me ahogaban… Me tomo entre sus
brazos, me curo las heridas, me lavo lo inhumano… dejo reposar mi cuerpo, me alimento
con su amor, secó mis lagrimas y me lleno de fiesta.
Conocí mis límites, mi fuerza, mi
voluntad. El valor que mi alma, secretamente, sembró debajo de esas sombras
encendió de nuevo la luz que me permito ver cual era mi camino. Mi voz comenzó a
cambiar, mis brazos se hicieron fuertes y pude levantarme. Y camine hacia mi
presente convencida del mi capacidad de amar-me, con miles de sonrisas en mi
boca como evidencia de que en la obscuridad estuve y salí de ella aprendiendo
de mi.
Colmena



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